El espacio del poder y el de la política parecen haberse divorciado, la pregunta es con quién se ha quedado el mundo de la cultura; con el poder, habitado por nuevos inquilinos, o con la política, que sigue siendo dueña de los espacios que los políticos del siglo XXI parecen desconocer, y que no son otros que los del beneficio global y la participación en igualdad de condiciones de mayorías y minorías, a quienes se garantizan las mismas posibilidades ante la ley.