El espacio del poder y el de la política parecen haberse divorciado, la pregunta es con quién se ha quedado el mundo de la cultura; con el poder, habitado por nuevos inquilinos, o con la política, que sigue siendo dueña de los espacios que los políticos del siglo XXI parecen desconocer, y que no son otros que los del beneficio global y la participación en igualdad de condiciones de mayorías y  minorías, a quienes se garantizan las mismas posibilidades ante la ley.

Como señala Manuel Castells en su obra Comunicación y Poder, el poder se construye en la mente a través de los procesos de comunicación, y estos han cambiado sustantivamente en estos últimos 50 años de historia.

El poder es la capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales de modo que se favorezcan la voluntad, los intereses y los valores del actor que tiene el poder.

Comunicación y Poder, Manuel Castells; Alianza Editorial, Madrid 2

 

Las sociedades no son homogéneas, son estructuras contradictorias en las que se albergan múltiples negociaciones. En la forma de afrontar los conflictos sociales tiene un especial protagonismo el modo de ejercer el poder en manos del Estado, ya sea por la vida del consenso, o por la vía de la fuerza, sea cual fuere el modo de ejercer esta.

Como señala Bauman en su conversación con Bordoni en “Estado de crisis”:

 “el Estado fue degradándose desde la categoría de motor más poderoso del bienestar universal a la de obstáculo más detestable(…)la confianza pública se depositó en la mano invisible del mercado(…)En resumidas cuentas la crisis actual difiere de sus precedentes históricos por cuanto la estamos viviendo desde un contexto de divorcio entre el poder y la política. Ese divorcio provoca una ausencia de la capacidad de acción necesaria para hacer aquello que toda crisis exige por definición: elegir un modo de proceder y aplicar la terapia indicada para seguir el camino que se ha escogido.”

Bauman Bordoni, Estado de crisis, Ed. Planeta Colombiana febrero 2016

La política es el arte de buscar el bien común a través del ejercicio del poder público. Es el modo de aplicar esa terapia indicada para seguir el camino que se ha escogido.  Política y poder hasta hace muy poco tiempo mantenían un matrimonio estable en el que los ciudadanos confiaban y con mayor o menor intensidad participaban para construir espacios más habitables y capaces de lograr el mejor modo de convivencia entre todos los miembros de las comunidades en que se desarrollaba este duopolio.

¿Cuál es el papel de la política en la actualidad si ya no consiste en ejercer el poder? Sin duda y aunque parezca una salida fácil a una pregunta tan compleja, repensarlo. Repensar en qué consiste el poder y en las teclas que hoy lo interpretan. La comunicación juega un papel primordial y los debates en todas las democracias sobre los medios son tan intensos como polémicos. Sigue siendo vital saber escuchar a los ciudadanos, saberlos interpretar y poder poner en marcha las soluciones que sus problemas demandan. Escuchar requiere generar nuevos mecanismos para incrementar las voces y los modelos de participación, una de las tareas que la política debe agilizar y renovar.

Pero parece que la política no está en eso, parece que no sabe escuchar, que no comprende los nuevos modelos que la sociedad ha puesto en marcha para hacerse oír. ¿Cuál debe ser entonces el papel de la cultura en medio de este cambio de paradigmas? Es una pregunta que debieran plantearse todos los cursos de formación de gestores culturales que en la actualidad se han quedado estancados, en su gran mayoría, en dotar a los alumnos de fórmulas para llevar a cabo proyectos, una obsesión compulsiva y atroz en la mentalidad de los nuevos gestores.

La cultura ha de estar con la política, no con el poder. Remover formas de escucha. Ayudar a mediar entre los nuevos modos de expresión de la ciudadanía y las viejas interpretaciones de quienes tienen que entender lo que en ellas se dice. El decodificador de la expresión social es la cultura. Vuelve a surgir con fuerza ese binomio que tantas veces hemos estudiado encargado de buscar las relaciones entre comunicación y cultura.

Entre todos hemos depositado el poder en los mercados, en el dinero que no necesariamente es lo mismo que el mercado, entre todos hemos idolatrado al dinero dándole todas las prerrogativas que antes le dábamos al poder, robándoselo a la política. Hemos dejado a la política sin una función clara y es responsabilidad de todos volver a retomarla como forma de búsqueda del bien común, función que nunca podrá tener el dinero.

Cultura y política deben buscar la forma de trabajar juntos por un desarrollo más equitativo, más responsable, más integrador y respetuoso de las diferencias, la forma de evitar los tremendos desequilibrios que hoy está generando el dinero. Se necesita una política más cultural y una cultura más política. No ideologizada, politizada, que no es para nada lo mismo, ni siquiera se parece.

La gestión de la cultura es un proceso político al que nuestras sociedades deben darle el valor que le corresponde, siempre que nuestros profesionales sepan desempeñar su papel con la presencia y la responsabilidad que tal encargo social tiene. Pero si ni siquiera sabemos valorar a nuestros docentes difícil va a ser lograr la inserción correspondiente de la cultura en el reconocimiento que debe tener un proceso tan complejo. En definitiva, gestionar la cultura, trabajarla para el desarrollo social, no es otra cosa que imaginar entre todos el modelo de país que queremos tener. Lo  que hace la cultura es interpretar esos sueños y trasladarlos a quienes tienen que recuperar el poder y arrebatárselo a quien ahora lo detenta… un ahora de larga data… ya lo dijo aquel… poderoso caballero es don dinero.