Como  colombo-español o hispano-colombiano, vivo inmerso en dos debates en los que se decide el modelo de democracia y espacio político que ambos países quieren construir para su futuro. En ninguno de los dos aparece el concepto cultura. Una ausencia cada vez más notoria en todo aquello que implica pensamiento y diseño de los nuevos modos de habitar el siglo XXI.

Pertenezco a esa generación de personas cercanos a los sesenta años,  en los encuentros con mis coetáneos anotamos  el desencanto por la ausencia de aquello por lo que peleamos y dimos la cara. El pesimismo es mal consejero y hemos de reconocer que se han logrado resultados que se ven en la conformación social actual,  han sido muchos los avances pero hoy me asalta la duda, la nefasta duda,  de si no estaremos retrocediendo en varios de esos avances y entre ellos me interesa pensar especialmente en la cultura.

Lo fácil:  Culpar a los políticos.

Ni en las mesas de negociación de La Habana, donde está en juego nada más y nada menos que el modelo de convivencia de un pueblo que lleva en guerra más de 50 años;  ni en los fallidos debates de investidura españoles, donde el cambio de un sistema bipartidista con casi 40 años y ya caduco, pretende  uno más acorde con los tiempos que corren, se ha mencionado la palabra cultura. No para hablar de cine, teatro, pintura o televisión. Ni para hablar de modelos sociales de relación, o de cómo trabajar con la memoria y la innovación en los procesos de construcción de futuro. No. No se ha hablado de cultura para nada de nada. Como si no existiera. De economía mucho, dando por supuesto que  la economía no depende de un modelo cultural de crecimiento. Desde nuestra profesión culpamos a los políticos, y pensamos que no tienen ni idea, pero es que tampoco se ha hablado de ciencia, ni de medio ambiente, ni de otra cosa que no fuera vendible en titulares. Lo que vende es esgrimir la pobreza como elemento arrojadizo, pero nunca atacar las causas reales que la generan. Lo que vende es encontrar corruptos, pero nunca corruptores ni las causas que generan esa desmedida obsesión por el dinero.  Lo que vende es el modelo de justicia que vamos a aplicar como si eso no dependiera del modelo cultural que lo va a albergar… Lo que vende es la estructura de pactos que vamos a poner en marcha, como si los pactos no fueran consecuencia directa del tipo de cultura del lugar en que se van a aplicar.

Lo complejo:  Analizar por qué seguimos sin importarles.

Seguimos sin ser capaces de encontrar la forma de acercarnos a la gente, de estar con ellos, la cultura está en la gente todo el día, en su habla, en su comida, en su vestir, en sus músicas, en sus imágenes, en sus formas de relación e intercambio social. No somos capaces comunicar la importancia de eso que por estar ahí -tan presente- es como el aire que respiramos, algo que sencillamente es. Defendemos una idea de España que no parece ser cultural, solo económica. Defendemos un crecimiento de Colombia que no tiene nada que ver con la cultura, cuando ha sido la cultura la que ha conseguido una cohesión social en este país que de otra forma habría sido imposible tras tantos y tantos años de conflicto armado. Nada parece tener nada que ver con la gente, solo con el dinero que esa gente va a manejar. Escucho con mucha atención los debates en ambos parlamentos. Entre los diversos partidos políticos nunca se habla de la gente, de cómo piensa, de lo que le importa, lo que le mueve, son sencillos votos, ni siquiera votantes.

Esta es la perversión de la democracia, que obliga a los políticos a no pensar en personas, obliga a pensar en votos, que son reacciones inmediatas, no actos reflexivos, los políticos lo saben y los buscan como si no tuvieran anima, como si no fueran parte de un país, sino esclavos de un sueño global, el de poseer, tener, acumular. Parece no existir la gente, son solo los números que precisan para salir electos, un número, y ese número se estimula, no se acompaña.

Los de la cultura no les importamos porque no les damos votos,  a la gente tampoco les importamos porque no les hacemos sentir que esa es la esencia de la estructura de convivencia por la que optan. No encajamos en el desarrollo político. Alguna vez alguien me dijo que dejara la cultura en paz, que no había que hacerle marketing, porque ya estaba encajada y en silencio. Ese era su papel y ese su espacio. No comparto esa opinión, creo que es importante acercarse, hablar, debatir y controvertir en el espacio de lo público, de lo político, donde se juega el modelo de país que queremos construir. Ahí debe estar.

Lo duro:  Asumir que al final siempre nos plegamos.

Así como los políticos se amoldan a lo que sea necesario para encontrar votos debajo de las piedras a nosotros, los de la cultura, no nos queda otra que hacer algo similar para encontrar dinero. Vivimos de las subvenciones. No somos capaces de generar otras formas de sostenibilidad y entonces no nos queda más que ser políticamente inofensivos porque vivimos de lo que nos dan. Una estructura mental pensada para revivir el derecho a la réplica que vive de la acción de no replicar. No hablo del arte, ni de los artistas. Hablo de la gestión de la cultura. De los espacios de encuentro que son los centros culturales, de los espacios de pensamiento que son los museos, las bibliotecas, los archivos. De los espacios de transmisión del conocimiento que son los teatros, los cines, las salas de concierto, los lugares destinados a conferencias, debates, intercambios. Hablo de la gestión de las ciudades como lugares públicos. De los municipios como cohesionadores de país. De los departamentos, las autonomías, o como quiera que se llame el modelo de distribución geográfica que se utilice. Hablo del silencio eterno al que nos hemos condenado los de la cultura, a cambio de subvenciones, aportes, ayudas, o lo que sea que nos van a dar para seguir funcionando. Porque no hemos conseguido construir modelos de gestión que estén por encima de los gobiernos de turno. Entonces no somos partidarios de una u otra ideología, somos “gobernistas”. Partidarios del gobierno de turno. Eso es muy duro. Como profesionales de la transformación, plegarnos al continuismo es muy duro.

Lo cierto:  Nuestra opinión cuando aparece es más bien folclórica.

Tal vez por eso la opinión de “los de cultura” para los medios, para las estructuras de la comunicación de masas,  o es folclórica o no es, o tiene un tiente de farándula y bohemia o no es digna de ser representada en modo pensamiento. No tiene solidez, es “de la cultura” lo solido es la economía, que es lo que nos da de comer, pero el resto no. La cultura tuvo solidez cuando demostró que podía convertirse en ingresos estables y pingues. Entonces nos escucharon con otra intención. Nosotros dejamos de escuchar a la cultura y comenzamos a escuchar al mercado. Dejamos de pensar en cómo hacer para vivir mejor y más a gusto todos juntos y nos pusimos las mismas reglas que se pone el mercado, competitividad, productividad, rentabilidad, idoneidad, etc, etc. La cultura fue mercado también y creció como la espuma ese modelo de ciudades creativas, antes de ser ciudades de cultura. De mercados del arte, antes de enseñar al mercado a ser lo que fue antes de la irrupción del capitalismo, ágora, lugar de encuentro, espacio de debate e intercambio de ideas. Y la cultura dejo de tener peso para entregárselo en bandeja al mercado. Al nuevo, al que ahora lo domina y condiciona todo. Al de los valores que no son valores, sino todo lo contrario.

Lo interesante:  Somos imprescindibles.

Ustedes imaginan un país sin cultura, imaginan a los parlamentarios españoles negociando la paz de Colombia, o a los colombianos pactando entre nacionalidades y partidos cómo gobernar España. Cada uno actúa según la cultura en la que se ha criado, tiene respuestas que son muy difícilmente trasladables, porque al final estas respuestas son eficaces por los matices, y esos matices son culturales. Cuando leo las noticias de un lugar o de otro reconozco la cultura de un lugar o de otro. Porque al final todos, parlamentarios, opositores, guerrilleros, paramilitares, corruptos, corruptores, votantes, políticos, jueces, delincuentes, militares, pacifistas, académicos, alumnos, artistas, empresarios, banqueros, todos, absolutamente todos actuamos conforme a la cultura que nos ha hecho habitantes de un espacio, nos ha dado una identidad y nos ha generado unas formas de ser y estar en el mundo. Cuanto mayor es el intento homogeneizador del proceso de globalización actual, más es nuestra necesidad de identificarnos con espacios pequeños. Los nacionalismos son torpes respuestas a las necesidades culturales más apremiantes del ser humano. Para mi, torpes, para los nacionalistas la única respuesta para defenderse del dragón con siete cabezas que viene a comernos. Para ambos, ellos y yo, una respuesta cultural. No tanto política, que es el mecanismo para poner en marcha esa respuesta, cultural. La cultura se convierte en el elemento imprescindible para conseguir estar de mejor manera en el mundo. La cultura como formas de estar juntos. De vivir con las diferencias, de entenderlas, aceptarlas, asumirlas e incorporarlas a nuestro cotidiano deambular por el globo terráqueo.

Cuidado, porque no todo lo de la cultura y las soluciones con ella relacionadas son positivas. Cada vez más la migración se convierte en un modo de vida. Esa será seguro una nueva cultura, la de quienes somos migrantes eternos. Tras ella vendrán los Donald Trump o los Le Penn, o los estados islámicos que se pretenden en posesión de verdades reveladas, para decirnos que nos quedemos en casa, que evitemos mestizajes, mezclas y que el resto solo responde a perversiones anti naturales, que los migrantes lo echamos todo a perder. Satanizaran las diferencias en aras a una esencia cultural, y usaran la cultura como arma arrojadiza. Pero como siempre sucede las fuerzas renovadoras de la civilización serán imparables y los migrantes seremos cada vez una fuerza mayor. Cambiando mapas, geografías y realidades, como ya está sucediendo y la solución no serán muros de 3.000kms, ni expulsiones masivas, ni quemas de sinagogas o mezquitas. La solución será un modelo cultural nuevo de convivencia, que por desgracia vendrá luego de mucho, mucho dolor.

 

Lo necesario:  Instalar el debate cultural en medio del debate político.

El tema cultural profundo, el que genera identidades, crea miradas específicas y conforma  diferencias en medio de la homogeneización, no está nunca en los tratados de libre comercio, en las realidades institucionales que buscan la integración. No somos capaces de negociar una ley de propiedad intelectual nuestra. Unas políticas culturales que ayuden a construir una realidad compartida.

En América Latina ese mínimo de políticas culturales comunes ha sido imposible de lograr hasta ahora. En primer lugar por las exigencias y presiones del patrón neoliberal que ha acelerado el proceso de privatización del conjunto de las telecomunicaciones y desmontado las pocas normas que en algún modo regulaban la expansión de la propiedad. A lo que ahora asistimos es a la conformación y reforzamiento de poderosos conglemerados multimediales que manejan a su antojo y conveniencia, en unos casos la defensa interesada del proteccionismo sobre la producción cultural nacional, y en otros la apología de los flujos transnacionales. http://www.oei.es/cultura2/barbero.htm

Convencidos como estamos de que la cultura ha de entrar en los debates, hemos de poner el debate cultural en las conversaciones de paz, en las de construcción de país, en los pactos para gobernar. Lo cultural afecta desde las medidas legislativas culturales, propiedad intelectual, derecho a la lengua propia, educación creativa, multicultural  e incluyente, producción de información a través de medios propios, protección y estimulo de la creación, apoyo a la distribución y comercialización de esa creatividad y esa producción. Hasta las formas de apropiación de lo público, mayor participación de los ciudadanos, más capacidades colectivas. Creación de procesos de innovación social. Incorporación de las diferencias como estímulos de crecimiento para salir del miedo que hoy le tenemos a lo que no es como nosotros. Sociedades laicas de verdad. Confinar el mundo de las religiones al espacio del espíritu y sacarlo de lo político y lo cultural. Una imprescindible revisión del papel de la comunicación en las sociedades del siglo XXI

Convertida en ecosistema comunicativo la tecnología rearticula las relaciones entre comunicación y cultura: pasan al primer plano la dimensión y la dinámica comunicativa de la cultura, de todas las culturas, y la envergadura cultural que en nuestras sociedades adquiere la comunicación. Al exponer cada cultura a las otras, tanto del mismo país como del mundo, los actuales procesos de comunicación aceleran e intensifican el intercambio y la interacción entre culturas como nunca antes en la historia. Poner a comunicar las culturas deja entonces de significar la puesta en marcha de movimientos de propagación o divulgación para entrar a significar el diseño de políticas de activación de la experiencia creativa y la competencia comunicativa de cada comunidad cultural. La comunicación en el campo de la cultura deja de ser un movimiento exterior a los procesos culturales para convertirse en un movimiento entre culturas: movimiento de acceso, esto es de apertura, a las otras culturas, que implicará siempre la transformación/recreación de la propia. Pues la comunicación cultural en la “era de la información” nombra ante todo la experimentación, es decir la experiencia de apropiación e invención. http://www.oei.es/cultura2/barbero.htm

Instalar los debates sobre el papel de la cultura en las transformaciones que estamos viviendo, implica reflexionar sobre el papel de un dialogo cultural acerca de la deseada nueva sociedad que queremos -cuanto menos- imaginar.