Varios son los artículos y editoriales que hablan del éxito de la cultura en Colombia. Procesos como el triunfo de las artes plásticas en ARCO, el Festival de Teatro, la llegada de los Rollings Stones, el Hay Festival, la candidatura al Oscar de El Abrazo de la Serpiente y otros eventos de esa magnitud van dando cuenta de que el sector cultural está en uno de sus mejores momentos.

No existe el mismo entusiasmo en España donde se respira un momento de zozobra cultural por las erráticas políticas del señor Wert en un comienzo y el desplome institucional al que ha llevado la Secretaría el señor Lassalle. No obstante, este país sigue tratando de promocionar la marca España sobre todo a través de sus actividades culturales, tratando de mostrar que ese brazo sigue siendo fuerte a pesar de los pesares.

A mi modesto entender el éxito de la cultura en Colombia no está en esas puntas de Iceberg, ni el fracaso de la cultura en España en estos momentos sórdidos que nos está tocando padecer. La cultura en Colombia ha sido un eslabón imprescindible en la cadena de sucesos que han permitido al país seguir creciendo en medio de una guerra interminable. Ha sido la cultura la que ha conseguido que se pudiera seguir hablando de cohesión social y participación ciudadana. De diálogos de nación y de compromisos compartidos. Se ha consolidado un sentimiento de pertenencia que ha ido creciendo en torno a una serie de símbolos y manifestaciones en los cuales la cultura ha tenido mucho, pero mucho que ver. En cambio en España la ausencia de diálogos culturales, de encuentros en torno a la cultura, la excesiva institucionalización de la creación en torno a grandes conglomerados, ha desmembrado un país logrando que la cohesión territorial brillara por su ausencia y la necesidad de participación colectiva no existiera más allá de esos pequeños territorios regionales que pelan por museos más grandes, centros de conciertos y palacios de artes con paredes retorcidas y ausencias en esas esculturales separaciones arquitectónicas de obras generadas en las escuelas locales por una desmedida búsqueda de obras de fuera capaces de atraer públicos de fuera, pero no de fuera de España, que también,  de fuera de lo que significa la creación como acto de cohesión.

Sin duda alguna la cultura puede y debe medir sus éxitos en torno a los grandes best seller y las ventas de sus productos, pero eso no es la cultura, es el mercado cultural, es solo un aspecto de la cultura, uno de los múltiples aspectos de la cultura. Si ciframos el triunfo de nuestra cultura únicamente en esos momentos de gloria pasajera que nos dan los mercados de la cultura, estamos admitiendo que nuestra cultura está pensada para eso y para nada más que eso. Para ser vendida, ¡ojo!, esto no quiere decir que esté menospreciando esos logros. Son imprescindibles porque uno de los modos de relacionarnos con los otros es a través de nuestra cultura y una de las formas de darnos a conocer es por medio de estos grandes triunfos. De mejorar nuestra imagen en el exterior, de romper viejos estereotipos. La diplomacia cultural sabe mucho de esto y la marca España ha querido vivir de esto en gran medida.

Queda lo que hacemos con la cultura en el interior de nuestros países. Lo que buscamos con ella y para lo que acudimos a ella. El éxito importantísimo de la cultura en Colombia es, como demostró ese brillante diagnostico que se realizará en el curso 2014-2015, haber llegado a todos y cada uno de los rincones del país con unas políticas claras de formación en artes, de defensa de la diversidad, de comunicación cultural, de participación y acceso, de circulación y no solo a lo regional, sino a lo estatal y lo internacional. Políticas que se veían fortalecidas por los procesos de descentralización, y que al tiempo se apoyaban en un Sistema Nacional de Cultura (SNC) que perseguía una equidad y una igualdad en los modelos de crecimiento. Que buscaba en la cultura formas de estimular la creatividad en todo el país y que generaba a través de programas como “Concertación” o “Estímulos” repartir los fondos de la manera más equitativa posible. Indudablemente tiene sus fallas y sus aspectos a mejorar, pero ha dejado claro que el éxito no es que vengan los Rolling, es que haya más de 1200 bandas de rock en activo en Antioquía, ni que se triunfe en ARCO, sino que haya una escuela de artes en todos y cada uno de los departamentos y que estas escuelas dialoguen entre ellas.

El fracaso es cuando solo medimos nuestra cultura por su proyección exterior y nos olvidamos de generar diálogos al interior. Nos olvidamos de la necesidad de cohesión que tiene un Estado que quiera ser Estado. Nos olvidamos que esa cohesión se puede dar en medio de varias lenguas, de varias formas de entender el futuro y de varias maneras de comprender lo que significa la palabra “todos” , porque eso y no otra cosa es el primer objetivo de la cultura, ayudarnos a estar juntos “todos”, sin llegar a soluciones violentas, ayudarnos a buscar objetivos compartidos que no sean estrictamente económicos, ayudarnos a sentir un lugar compartido aunque ese lugar no sea físico,  como le ha pasado a pueblos en la diáspora, el caso de los gitanos o de los judíos. Los colombianos son colombianos en USA, en España y en las Quimbambas, los españoles no somos españoles ni siquiera en España. ¿Tendrá algo que ver el éxito y el fracaso de la cultura?

Cuando ni siquiera sabemos vivir con el de al lado, ni tenemos nada en común con el de enfrente, ni somos capaces de entender al que habla nuestro idioma pero no nuestro lenguaje, es la cultura la que está fallando. La que puede que tenga mucho éxito exterior, pero es un auténtico fracaso al interior. Unos con un maravilloso museo de El Prado son incapaces de contar una historia consensuada, compartida. Otros con una memoria destrozada por la violencia diaria, siguen buscando como elaborar museos en los que ir reordenando esa memoria para que sea de todos. Ambos saben que la cultura es importante.

Ambos saben que usarla es imprescindible para construirse como país, aquí llega el gran fracaso de ambos. Ambos le bajan cada día los presupuestos y aminoran el necesario consenso sobre sus políticas sin darse cuenta de las terribles consecuencias que esa ausencia cultural traerá para el futuro.

El éxito de la cultura es conseguir que seamos seres capaces de vivir sin pelear, de encontrarnos en los disensos como espacio de crecimiento y no de confrontación oscura y partidista. No se trata de suprimir las diferencias, sino de dejar de convertir esas diferencias en armas arrojadizas. De entender que cada vez que no estamos de acuerdo y somos capaces de entendernos crecemos como seres humanos, que es lo que nos diferencia del resto de los seres vivos, poder crecer en las diferencias, ese es el máximo acto cultural. De ese éxito vendrán otros, como el de lograr un reconocimiento exterior, o unos ingresos extras por nuestra obra. Pero sin ese necesario consenso para ser y estar juntos de la mejor forma, creo que es más complejo obtener los otros éxitos.

El éxito de la cultura es ayudarnos a entender que consumir y producir como máquinas no da la felicidad, ni nos acerca a ella. Lo que nos acerca a ella es compartir y disfrutar en colectivos que crean, vibran y se emocionan con todo lo que va mucho más allá de lo que es inmediato y obsoleto. El fracaso de la cultura es medirse únicamente por su rentabilidad económica, por su capacidad de generar ingresos crematísticos. Sin menospreciarlos, sin renunciar a ellos, pero siendo conscientes de que no son el objetivo de la cultura, sino una consecuencia del modelo social en que se produce.

Es hora de que la gestión cultural se replantee lo que significa un éxito y un fracaso en su cometido diario y este proceso de pensamiento es social, es un proceso que debe ser abordado desde diferentes disciplinas. Desde diversas ópticas, porque para el éxito de la cultura, ésta debe entender que es un constructo social, no únicamente de quienes trabajan y viven de ella, de toda la sociedad que es quien la disfruta y la utiliza, o la debiera disfrutar y utilizar.