El Britain Exit que venció en el Reino Unido hace poco tiempo va a tener muchas repercusiones, efectivamente, muchas, muchas y la gran parte insospechadas. Me ha sorprendido la reacción del mundo del fútbol, la posibilidad de que los jugadores comunitarios pasen a ser extracomunitarios ha generado muchas páginas de elucubraciones y sugerencias para cambiar la legislación actual y que los jóvenes futbolistas puedan seguir disfrutando de las ventajas de este viaje sin fin por los clubes de toda Europa.

Pero mi sorpresa ha sido mayúscula al ver la repercusión en el mundo de la cultura. La tristeza que se ha generado en algunos se ha convertido en indignación en otros. A todos los que escriben o al menos a todos los que he leído les he notado un “cabreo” importante contra el señor Cameron, que definitivamente se ha equivocado. Ojalá todos los políticos que se equivocan de forma tan flagrante tuvieran la misma decencia que este señor, que hace muy bien en irse y debiera sentar ejemplo … Rajoy por favor toma nota….

Pero hoy no me interesa mirar las repercusiones sobre subvenciones y ayudas para la circulación, producción, creación, difusión, industrias y toda esa cadena que pone en marcha el complejo sistema de ayudas de la UE. Todo eso que se ha dicho y se ha reiterado será de verdad un paso para atrás en esta labor que es conseguir que los europeos nos miremos con más confianza y más conocimiento los unos de los otros.

Hoy quiero pensar en este proceso que está sucediendo en Europa desde la caída del muro y la disolución de la Unión Soviética, proceso de rupturas permanentes, una Europa que termina la segunda guerra mundial con menos de 30 países y en la que hoy ya hay casi 50. Una Europa que se empeña en dialogar y negociar, pero sigue no queriéndose a si misma ni un poquito. Una Europa que envejece y expulsa a los jóvenes para beneficiar a unos pensionistas a los que en breve nadie podrá pagar la pensión. Una Europa que se deshace y en la que sobre todo se habla de mercados, bancos y empresas que cotizan en bolsa.

Como me gustó, como me enamoró la idea en 1985 de pertenecer a un espacio que quería tener una voz compartida, una estructura sólida de integración y circulación de bienes, servicios y sobre todo personas. Un sueño de justicia y equidad que se fue gestando y del que la entrada de España y Portugal fue para mi manera de comprender el mundo entonces, un símbolo.

Efectivamente hubo excesos y hubo muy malos modos de utilizar los fondos de cohesión. Pero lo que se comenzó desde hace unos diez años no fue un sistema de ajustes y “castigos” para los que quisieran abusar de la buena fe del resto. No. Lo que se comenzó desde hace ya unos diez años fue un modelo de exclusiones en el que el criterio fundamental era el dinero, la forma de manejarlo, el modo de gastarlo, la manera de recaudarlo, las capacidades de invertirlo, el cuidado para ahorrarlo, el celo al distribuirlo, el miedo a derrocharlo. El dinero y las múltiples formas de conjugar los usos que le damos. Eso fue penetrando en la cabeza de todos los ciudadanos y conforme nos iban cerrando más puertas y robando oportunidades nos fuimos obsesionando con el dinero,  con la forma de manejarlo, el modo de gastarlo, la manera de recaudarlo, las capacidades de invertirlo, el cuidado para ahorrarlo, el celo al distribuirlo, el miedo a derrocharlo. Todo lo demás que representaba Europa desaparecía, ya no era un sueño, sino una pesadilla. Ya no era una ilusión, era un quebradero de cabeza. Ya no era el modelo de una nueva sociedad, o el intento de construirla. Era el reverdecer de todo lo viejo, lo caduco, lo feudal, de esa Europa que creíamos haber expulsado.

La comunicación cultural se convirtió en ayudas, subvenciones,  socorros, asistencias, fondos concursables, y sobre todo en papeles, papeles, papeles y una burocracia indecente detrás de cada proyecto.

A pesar de todo eso la gente quería seguir creyendo en Europa y quería seguir apostando por ella. Nacieron proyectos fantásticos que fueron dinamizando la que ya parecía mortecina idea de una Europa que se conociera y se respetara en sus múltiples diferencias, capaz de hablar con el resto del mundo sin prepotencias ni complejos de superioridad cultural. Ese maldito eurocentrismo que todo lo invade.

Pero los señores del dinero siguieron apretando;  y los de la cultura, el deporte, la diversión, la lúdica de ser europeos,  siguieron silenciados y al final ganó la vejez. Ganó la Vieja Europa o la Europa llena de viejos, entre los que estoy ya, porque de tanto ver marchitar este proyecto me han matado la ilusión de una juventud y un reverdecer de modelos diferentes.

Mientras Europa se marchita en su propio tallo, América Latina lucha por hacer crecer flores jóvenes y fuertes, repletas de belleza y esperanza. La Paz en Colombia, la lucha de la sociedad civil en Venezuela, las mentiras en Brasil que por fin dejan al descubierto el talante de quienes acusan de corrupción siendo más corruptos que aquellos a los que acusan. La fuerza de petición de verdad sin impunidad en México, todo ese pulso de adolescente repleto de un acné con granos que van explotando, es un pulso joven. Ojo, la juventud no es cuestión de edad, es otra cosa, es poner el debate en espacios diferentes a los que se producen ahora en Europa en la que solo se habla del dinero, la forma de manejarlo, el modo de gastarlo, la manera de recaudarlo, las capacidades de invertirlo, el cuidado para ahorrarlo, el celo al distribuirlo, el miedo a derrocharlo.

Es darle importancia a la mirada cultural de construir futuro, pensar en los modos de estar juntos, de crear inclusiones a las múltiples diferencias que quieren convivir sin obligar a ninguna a adoptar los modos de otras. América Latina no es ni mucho menos el continente perfecto, pero ahora que lo comparo desde esta mirada Brexit, sí es -creo- un espacio en el que la forma cultural de convivencia tiene más fuerza que la horrible forma crematística que impera en las arrugas del bolsillo que los europeos vamos teniendo como única razón de vida.