Las calles de las ciudades viven en un permanente “trancón”, un atasco de tráfico casi continúo, máquinas de 500 kilos de materia inerte que viajan con un cuerpo,  algunas con dos y casi ninguna con tres o más, que pesa de media unos 70 kilogramos, emitiendo en el mejor de casos 100gr de CO2 por km recorrido, lo normal es estar por encima de los 300gr. No es solo la cantidad de metal, suciedad, caucho y otras materias que se encajan sin dar paso ni al aire ni a la felicidad, es el tiempo derrochado, el mal humor, la desconfianza por la violencia que se genera, consecuencias nefastas que todos criticamos pero sobre las que no hacemos nada de nada.

Mucha ley de bicicleta, mucha palabra sobre la reducción de gases, mucho esfuerzo por bajar el ruido, pero al final los 500 kilos siguen trasladando a los 70 kilos con un derroche de consumo energético bestial y una generación de veneno incomprensible.

Esto se ha extendido a otros comportamientos sociales. Trancar. Atascar. Obstruir. Ralentizar. Verbos que nos cuentan lo que sucede hoy en muchas de esas sociedades que padecen en sus calles lo que luego reproducen en sus oficinas. En sus congresos, en la cabeza de sus parlamentarios y senadores, en sus palacios presidenciales, ministerios, y lugares de acción de lo público. Trancar parece ser la función de lo público. Obstaculizar las medidas para no dejar hacer y acusar que no se ha hecho como argumento para ganar unas elecciones y ocupar un poder en el que tampoco se va a hacer nada, porque todo estará trancado.

La filosofía del trancón siempre encuentra justificaciones. El tráfico atascado evita muchos atropellos, hace desistir a muchos conductores de sacar el automóvil y logra generar conciencia del tiempo perdido, lo que ni el mismísimo Proust logró. La filosofía del trancón se impone como filosofía social, como forma de vida en medio del vértigo que nos acompaña. Gracias a ella conseguimos pensar en lo atascado y no en lo que pasaría si todo fluyera. La culpa es del trancón, no de nuestra incapacidad para pensar otras formas de vivir.

Y parece que hay que traicionar ideas, planteamientos, promesas, en aras a un fluir que en realidad es dejar las cosas donde estaban porque nos da miedo moverlas, cambiarlas, regenerarlas. Protestar protestamos mucho, miles de personas frente al Congreso en España, miles al día siguiente del No en el plebiscito colombiano. Pero votar seguimos dejando que lo hagan los que trancan y por eso tienen el poder de seguir trancando. No estoy hablando del Brexit, ni del No en Colombia, ni del ascenso de la ultraderecha en Europa, ni de la desaparición de la socialdemocracia en el mundo, ni del triunfo de la guerra en el oriente, ni del crecimiento de los fanatismos… ni de nada de eso… estoy hablando del no fluir, del trancar, del dejar las cosas como están y donde están, solo por no ir a votar. Por pensar que los políticos son una mierda, pero no ir a cambiarlos.

La cultura tiene culpa en esto… los de la cultura que permitimos que las cosas sigan así, sin moverse, museos aburridos, bibliotecas con horarios que no permiten que las visitemos, archivos que no están digitalizados y son inasequibles, productores de cine que solo quieren negociar la distribución con las “majors” de toda la vida, distribuidores de músicas que siguen sin entender los nuevos modos de consumo, libreros que no leen las señales que da una sociedad que dice que para que leer sea nuestro cuento hay que inventar y regenerar los modos de acercarse a los lectores.   Patrimonios que no se identifican ni identifican a quienes a veces se ven obligados a sufrirlos, creatividad como palabra encerrada en unas artes que no cuentan con, ni cuenta a la gente nada que les abra la cabeza de verdad. Las sacudidas del arte van difuminándose en las ferias y los mostradores de los galeristas y los curadores.

Tal vez debiéramos pensar en otros modos de habitar este planeta que a pesar de los pesares sigue girando a la misma velocidad… aun entre los miles de extraños objetos que lo rodean en medio de un universo que está súper poblado, pero no trancado. Conservar la velocidad de las curvas, todo lo que me gusta está relacionado con las curvas, y abandonar las rectas, que parecen el punto más fácil para viajar de un sitio a otro, como gran mentira en este mundo que es redondo y que siempre esconde una gran sorpresa si somos capaces de buscarla detrás de esa curva que exige nuestro esfuerzo.