Desde los famosos reyes católicos una constante de la hispanidad ha sido echar fuera a todo aquel que pensara diferente. Echar de todos los terrenos en los que ellos, los católicos reyes o no, tuvieran alguna fuerza. Así lograron consolidar esa forma de gobierno  que consiste en “conmigo o contra mi”. Y así logramos quedarnos sin pensadores en los momentos claves de la historia de España.

Los musulmanes, los judíos, los jesuitas, los comunistas, los masones, todo aquel que pensara (diferente) la palabra diferente creo que es accidental, lo que les preocupaba era que pensaran.

Se trata de seguir expulsando. Ya no por salvaguardas religiosas, sino por simple pereza intelectual, que ha sido la verdadera causa de todas las otras expulsiones. El camino es simple, tu no piensas como yo, luego tú me traes problemas de concentración de poder, dinero, manipulación y naturalmente capacidad de decisión sobre el futuro.

No negocio, no concilio, no pienso en lo que puede aportarme tu mirada. Únicamente te silencio, te venzo y a ser posible te expulso acusándote de lo que haga falta. Las acusaciones siempre tienen nombre, comunistas fue la última, secesionistas es la actual.

No se lea acá una defensa del nacionalismo del color que sea, justo lo contrario. Los nacionalismos expulsan. Cierran puertas. Condenan. Se convierten en esos policías municipales que quieren matar a Carmena[1] (alcaldesa de Madrid) o quemar y arrasar a los extranjeros. Y esos no tienen patria, tienen miedo. Su patria es el miedo. Su verdadera condena es el miedo. Su método la expulsión, el silencio. La estúpida e inútil batida contra la palabra. Y es estúpida porque la palabra al final siempre gana, a veces a costa de millones de muertes. Lo único que triunfa en cualquier guerra es la palabra, no son los buenos ni los malos, es la palabra, si hubiera triunfado Hitler la palabra hubiera justificado sus atrocidades, como fue la palabra la que justifico las de Franco.

Quizá sea el momento de lograr que la palabra tenga más protagonismo al principio y no al final como suele suceder. Darle paso a la palabra razonada, sosegada y capaz de ser escuchada.

El camino para el triunfo de la palabra viene marcado por la cultura. Si los procesos culturales son usados en la medida de sus potencialidades la palabra se abre paso y se convierte en puente de unión. Si la cultura es usada en la medida de sus aberraciones la palabra cierra el paso y todos los puentes quedan bloqueados y tapados para el intercambio y el fluir. La cultura no es neutra,  toma partido por el encuentro y el dialogo, o por la expulsión y el silencio.

Entender la cultura como proceso de encuentro es una labor obligada para todos los gestores culturales en España hoy. Sea lo que sea España. Los que estén a favor de la independencia de Cataluña, los que no lo estén. Los que quieran hablar de ello y los que no. Todos tienen, tenemos la obligación de recuperar la palabra para el encuentro. Esto no significa no discrepar, no estar en desacuerdo, no poder diferir del otro. Quiere decir llenar de palabras esas diferencias y de puntos de encuentro que puedan ser aplicables, posibles, practicables. Todo menos seguir llenando de palabras aberrantes los discursos, los mensajes, los medios de comunicación, las redes sociales. Y al que lo haga condenémoslo al silencio. No demos pábulo a sus mensajes. Justo eso es lo que quieren los que usan la palabra para la aberración y el insulto eterno: Pábulo[2].

Difundamos debates de fondo. Ideas. Salgamos de esa agresividad en la que convierten los medios a las palabras. De esa vacía inutilidad que regalan a sus significados. Pensemos en construir con la palabra. Derribar es inmensamente fácil, cualquier pendejo con una maza lo saber hacer. Construir es lo difícil. Edificar nuevos espacios de convivencia es lo complejo.

La gestión de la cultura es una herramienta que hoy más que nunca, dada la inutilidad de la política y la economía, debemos utilizar para gestionar disensos que arman miradas nuevas. Pensamientos divergentes capaces de incorporar a los tradicionales, no de expulsarlos.

En el mundo de las tecnologías que fomentan la inmediatez y la obsolescencia, los gestores hemos de estimular espacios digitales, analógicos o mixtos en los que la palabra y las ideas tengan valor, aporten a nuevos espacios de crecimiento. Es una obligación de nuestra profesión. La gestión cultural no puede permanecer en silencio al lado del deterioro de la convivencia. Para eso servimos, para ayudar a  (con)vivir mejor. Es muy doloroso ver amigos que no se juntan por no saber usar la palabra y una sociedad que se insulta por usar la cultura como arma arrojadiza. Es penoso que estemos jugando a ser reyes católicos  tanto desde la izquierda como desde la derecha. Expulsar es fácil. Dialogar a veces cuesta, pero seguimos siendo personas y no miedosos y cobardes que no saben debatir las diferencias con el otro.

[1] http://www.eldiario.es/politica/policias-municipales-explota-Carmena-muera_0_709029642.html

[2] pábulo Del lat.pabŭlum. m. 1)Alimento que se toma para subsistir. m. 2)Aquello que sirve para mantener la existencia de algunas cosas o acciones.

dar pábulo : 1) loc. verb. echar leña al fuego.