Siempre he sentido pasión por el trabajo de los ingenieros, me fascinan los programas de televisión en los que cuentan cómo hacen esos puentes gigantescos destinados a unir puntos remotos. Facilitando llegadas, salidas, encuentros. Los túneles. Las carreteras. Muestras de un deseo irrefrenable de comunicarnos.

La gestión cultural debiera servir para algo parecido, poner en contacto a gente a través de nuevas rutas y nuevos caminos que permitieran acortar las distancias emocionales, las separaciones que no son físicas. Acá el binomio imprescindible es el de la comunicación y la cultura. Grandes maestros han hablado de esta relación desde muy diversos puntos de vista. ¿Cuál debe ser el papel de quienes trabajan con la cultura cuando las conexiones entre todo lo que configura las texturas de un espacio se rompen? Muchas de las rupturas de estos tejidos se producen por razones económicas, el famoso “yo pago más y recibo menos” ayuda a los políticos a espolear quiebras en busca de un desarrollo menos colectivo. Pero la economía no puede ser la causa del 100% de las decisiones de los humanos, sin duda es un porcentaje alto, muy alto, cada vez más alto. Pero ¿qué papel juegan otros factores en esos quebrantos?

¿Cómo actuaría la mente de un ingeniero si tuviera que planificar puntos de conexión que no fueran físicos? Ellos buscan unir lo viejo con lo nuevo, a nosotros nos cuesta más trabajo. En algunas ocasiones buscamos dejar los dos puntos sin posibilidad de conexión. Aislados. Encerrados en espacios bien definidos. Los museos para lo viejo, las salas “lab” “hub” “media” para lo nuevo. Los archivos para lo viejo, las redes para lo nuevo. Las bibliotecas para lo viejo los e-book para lo nuevo. Los puentes tardan en construirse.

Generamos arquetipos culturales que nos sirven para clasificar a los vecinos, casi siempre de forma despreciativa. Denostar al de al lado, fomentar la desconfianza, estimular el miedo al otro. Nos quejamos del trato recibido y nunca del dado. La cultura del vecino es aburrida, elitesca, prepotente, vulgar, populachera, vacua, intensa, o cualquier adjetivo que nos sirva para denostar,  justificar pasar sin conocerla. A veces la cultura y sus gestores son anti-ingenieros, buscando como desunir, como separar.

Entre los papeles que juega la cultura, en un interesante artículo que descubro en El País, se dice:

Los autores del trabajo definen la cultura como una información que modifica el comportamiento y se puede transmitir de “unos individuos a otros por el aprendizaje”

 http://elpais.com/elpais/2016/06/01/ciencia/1464765926_312105.html

La cultura como información que modifica el comportamiento. ¿La información que vamos dando modifica el comportamiento llevándolo hacía dónde queremos? Los famosos museos de la memoria, sirven para que la memoria actúe ¿hacia dónde? ¿Las formas de trabajar con el pasado sirven para repensar un mejor futuro, o tienen otras funciones? ¿Dónde están las nuevas preguntas sobre el papel de la cultura en la construcción de un nuevo país? ¿Quién se está formulando los nuevos interrogantes y los modos de abordarlos desde la gestión cultural, cuando a todos se nos llena la boca con que este es un mundo nuevo?

El papel de la Gestión Cultural debiera buscar la “ingeniería social” capaz de poner a dialogar los dos extremos cada vez más polarizados de esta sociedad. Conservadores y liberales, pobres y ricos, sur y norte, empresarios y trabajadores, todo lo que parecía que se iba difuminando vuelve a polarizarse a pasos agigantados y la cultura no está achicando los espacios de separación. Cada cosa en su antiguo lugar, lo viejo con lo viejo y lo de fuera, fuera. No dentro. Está bien, es bonito decir que el fuera y el dentro cada vez es más sutil, que se lo digan a un niño sirio de los que se ahogan en una barcaza a ver qué tan sutil le parece. La cultura sigue creando lugares de culto, que no tienen nada que ver con lugares de cultura. Es decir, de encuentro.

Ahora estamos más preocupados por la asistencia, por el éxito, por la visibilidad, por los réditos partidistas de nuestro trabajo que por otros componentes, obvio que nuestro trabajo lo pagan o políticos o empresarios a los que debemos esos réditos. Pero todo esto parece angustiarnos hasta el cansancio, sobre todo nuestro permanente miedo a perder presupuestos. Es lógico, pero hemos de aprender a volar y sacarnos el plomo de los zapatos.

Jesús Martín Barbero se preguntaba a raíz de su ida a ver una película popular en Cali, “La ley del monte” ¿qué tenía  que ver la película que él veía con la que sus compañeros de sala estaban viendo? Cuenta que esto le produjo:  “Un escalofrío intelectual que se transformó en ruptura epistemológica – la necesidad de cambiar el lugar desde donde se formulan las preguntas–,el desplazamiento metodológico indispensable, hecho a la vez de acercamiento etnográfico y distanciamiento cultural, que permitiera al investigador  ver con la gente , y a la gente contar lo visto” en este mismo texto[1] se planteaba que: “la tarea básica del intelectual: la de luchar contra el acoso del inmediatismo de la actualidad o la política poniendo un mínimo de contexto histórico y una distancia crítica que le permita hacer comprender a los ciudadanos el sentido y el valor de lo que acontece.” Tal vez eso signifique ser ingeniero social en esta ingente tarea que es la Gestión de la Cultura en el siglo XXI, luchar contra el acoso del inmediatismo. Poner un mínimo de contexto, enseñar a trabajar una distancia critica que permita a los ciudadanos entender mejor lo que acontece. Interpretar lo que sucedió y soñar con lo que quiere que suceda.

Dejar la cultura reducida a elemento de luchas intestinas para controlar los estamentos del poder, es volver a reducir el papel de la cultura -el trabajo con ella- a labores instrumentalistas, que no tienen valor por si mismas. La cultura vale por si misma. La gestión de sus procesos así lo tiene que demostrar y el ciudadano así lo debe disfrutar. El resto es no saber construir puentes y si el puente está mal hecho… todo lo que lo atraviese … se caerá.

[1] https://es.scribd.com/doc/7657776/De-la-filosofia-a-la-comunicacion-cultura-Autobiografia-de-JMB