¿Por qué esta serie se llama reincidir si el diccionario de la RAE le otorga una visión “negativa” a esta palabra: -volver a caer en un error, falta o delito- dice? Porque tengo la sensación de que para mucha gente hablar de esto de la cooperación cultural -de nuevo- parece una torpeza ya superada. Incluso para gente que trabaja en la cultura, para grandes amigos, el escuchar de cooperación cultural les crea una cierta zozobra y malestar…lo primero es afianzar lo de casa, luego ya saldremos a mirar a los otros y a que nos vean los demás…

Voy a reincidir. Voy a volver a caer en el error de creer en la cooperación cultural. Creer en el valor de la cultura y su capacidad de comunicar, -entendiendo que al tiempo puede desunir y enfrentar-. Voy a reivindicar la fuerza de la cultura, no solo en sus manifestaciones artísticas y patrimoniales, también y sobre todo, en su formas de construir ciudadanías, de moldear modos de ver el mundo. Generar identidades. Estimular la creatividad como motor de trasformación. Potenciar la identidad como vocablo de encuentro y no de xenofobias.

Hay que hablar de cultura y política, especialmente en su vertiente internacional. La cooperación cultural, no solo como intercambio de artistas,  de obras o de piezas de museos y archivos, sino como forma de encuentro. De dialogo. De futuros compartidos.

La cooperación cultural, materia olvidada, decapitada, estigmatizada, vilipendiada, expulsada completamente de las relaciones internacionales, nos exige a los profesionales de este sector una revisión seria  e innovadora de su utilidad en materia internacional.  Lo primero necesario es revisar todo lo dicho y escrito y ver cómo mejorar y por dónde abordar las trasformaciones necesarias.

Hace poco en una cena con unos grandes amigos al señalar que había que recuperar el valor de la cultura en las relaciones internaciones e interpersonales se me acuso de una ingenuidad casi infantil. Lo que se debía hacer era recuperar el peso de la economía y tratar de monetizar esa  mirada creativa en los procesos de desarrollo. Economizar la cultura en lugar de culturizar la economía.

¿Serviría de algo la cultura en las deterioradas relaciones entre Colombia y Venezuela? ¿Serviría de algo la cultura para recomponer unas relaciones trizadas por los desmanes empresariales entre América Latina y España? ¿Serviría de algo la cultura para acercar a Brasil con sus vecinos, y no solo hablo de idioma, que también? Sin duda serviría de algo.

Es una cooperación que se establece fundamentalmente a partir de la participación de la sociedad civil, beneficiaria y ejecutora, a partir de sus intereses y demandas culturales.

Es una cooperación que nos permite conocer al otro desde lo que hace, siente, padece y sufre. Son sus símbolos, sus creencias, sus miedos y sus ilusiones lo que nos llega, no es solo su PIB o su capacidad de crecimiento económico tan alejado de la gente.

Es una cooperación que cuando encuentra puntos de disenso no suele recurrir a la violencia para eliminarlos. Claro que ahora se podría hablar de xenofobia, de enfrentamientos religiosos, de identidades excluyentes, del miedo a las migraciones, etc, etc. ¿De verdad detrás de estos enfrentamientos está la cultura, o está el uso que de la cultura hacen quienes buscan réditos para sus creencias?

Es una cooperación en la que no hay ni pobre ni ricos, no hay culturas pobres ni culturas ricas. Hay culturas que se ofertan mejor, que tienen más aceptación, pero escuchar a las minorías y entender sus formas de contar el mundo genera una riqueza que ninguna película de galaxias lejanas logrará jamás.

Es una cooperación realizada con criterios locales, parámetros internacionales y resultados globales. Nace en las personas, se arraiga en las comunidades y permanece en las memorias compartidas.

Es una cooperación que con muy poca inversión genera resultados integradores que de otra forma son excesivamente costosos de alcanzar. Nos puede servir de ejemplo lo que sucede en las fronteras.

Podría seguir buscando razones, revisando causas y aportando ejemplos. Está claro, no hay voluntad política para hacerlo.  Pero lo malo es que tampoco hay profesionales suficientes para ponerlo en marcha, ni hay reflexiones bastantes para revisar los errores cometidos y enmendar los rumbos pertinentes.

Reincido en el error … porque sé que no es un error, pero a los ojos de los gobernantes parece que sí lo hubiera sido. Los ministerios de cultura no dan espacio a sus departamentos de relaciones internacionales, las cancillerías a sus departamentos de culturales. Entre unos y otros nos están aislando y creo que ya es hora de volver a pelear por conocernos de verdad… no en las cifras con las que nos cuentan.