Dice el diccionario de la RAE de sacralizar: 1. tr. Atribuir o conferir carácter sagrado a lo que no lo tenía. Y añade de sagrado: adj.Digno de veneración por su carácter divino o por estar relacionado con la divinidad. 

adj. Que es objeto de culto por su relación con fuerzas sobrenaturales. 

De las peores cosas que hemos hecho con la sexualidad ha sido sacralizarla, atribuirle ese carácter digno de veneración que la transforma en objeto de culto. Únicamente pensada para generar vida, nunca para acercarse al placer. Ha llegado a ser comparada con la violencia… “si contiene escenas de sexo o violencia” no olvidemos que el sexo solo es malo cuando se ejerce con violencia.

Quizá con la cultura ha pasado algo similar, la hemos sacralizado en exceso, y por ende la hemos alejado de la vida cotidiana. Por lo general hacemos esto con lo que nos produce placer, espantamos el placer, ensalzamos el dolor y satanizamos el disfrute.

Pareciera que la cultura no puede producir un placer abierto, reírse en un museo o hablar en una biblioteca es cuanto menos extraño. La ópera, la maravillosa  ópera debe escucharse siempre con una sensación de seriedad, que consigue expulsar más que acercar a los nuevos y posibles “disfrutadores”.

Leer requiere un gran esfuerzo, comenzando por el precio, los libros son caros,  y continuando por el tiempo para relajarse y disfrutar. Tener tiempo para leer es un lujo incluso para los jóvenes. “¿Qué haces? Estoy leyendo …”  y lo primero que se nos viene a la cabeza:  “este es un ocioso”. Leer lleva tiempo, precisa un espacio relajado y una predisposición para conseguir disfrutar con los libros, algo que esta sociedad quiere erradicar a patadas. No hay que tener tiempo, los niños ricos van al gimnasio, a ballet, a piano, a montar a caballo, y los pobres a buscarse las habichuelas de cualquier manera. Ambos, pobres y ricos precisan mucho tiempo para cazar poquemones.  Pero ninguno tiene tiempo para leer.

Ver cuadros, escuchar música, pero escucharla, no llevarla como un mandril saltarín en los oídos que además se van quedando cada vez más taponados por culpa de esos malditos auriculares. Disfrutar espacios de cultura y hacerlo con sensación de placer es algo que va quedando para el olvido. Tenemos el concepto de que la cultura nos quita tiempo y que la televisión que nos relaja no es cultura. Lo primero es falso, lo segundo es discutible.

Si le dedicáramos más tiempo al sexo y a la cultura, seguro que nos daríamos cuenta de que hacer el amor en tres minutos es mejor que hacerlo en uno y que hacerlo en una hora es infinitamente mejor que hacerlo en tres minutos, y que leer, ir al cine, al teatro, ver cuadros, escuchar música, bailar, pasear, es mucho más placentero cuando se le dedica tiempo.

No tener tiempo para leer, para ir a ver una exposición o una buena película, es no tener tiempo para hacer el amor con la vida misma. Si desacralizamos todo lo que nos ayuda a ser más humanos quizá encontremos que de verdad podemos contestar  NO a esa pregunta que nos hacen algunas páginas de internet en la que nos cuestionan sobre si somos o no un robot. El tiempo de las máquinas no es el tiempo de lo humano.

El placer solo es pecado para quien ve en él una actividad morbosa, mórbida, malsana, enfermiza. Quitarle el carácter sagrado a lo que no lo tiene lo acerca a lo humano. Disfrutemos de todo lo que nos fue arrebatado por esos “falsos sacerdotes de la tragedia y el dolor”. El placer físico y el espiritual debieran ir conquistando, reconquistando nuestras vidas, volvamos la capacidad de disfrutar algo cotidiano, diario, como la risa, como las miradas con tiempo, como las conversaciones con un buen vino.  Disfrutar  es también tener tiempo para pensar, no solo para ganar dinero, para entender, para aprender, para saber lo que sí queremos y lo que no queremos.  Para eso sirve la cultura … y el sexo.