Algunos artistas, creadores e intérpretes tienen voz,  dicen cosas, pero por extraño que parezca casi ningún gestor cultural parece tener boca. O si la tienen parece no querer usarla y prefieren guardar silencio.

Silencio ante Donald Trump y sus mutismos, solo rotos cuando medio mundo, no el de la cultura precisamente, se le echó encima.

Silencio ante el envalentonamiento de los supremacistas (fascistas, KKK, neonazis y demás víboras nacidas al calor del desenfreno trumpiano)

Silencio  (o leo muy poco) ante el muro Trump.

Silencio  ante el caos venezolano, caos que se extiende al mundo de la cultura. Venezuela fue un espacio de formación de Gestores Culturales con mayúsculas, el CLACDEC  fue la semilla más importante de nuestra formación  en América Latina y el Caribe, parece que de sus alumnos , que somos muchos, no salen palabras de ningún tipo, ni a favor ni en contra.

Silencio sobre la sordina en derechos de autor y propiedad intelectual en la región; parece que solo es caballo de batalla de autores y creadores, pero no de gestores.

Silencio sobre la ausencia de un organismo que tome la palabra en materia de cultura e integración, circulación, difusión, comercialización… de productos latinos en Latinoamérica y en el resto del mundo.

Silencio sobre la falta de dinamismo, innovación y modernización en las estructuras de las instituciones culturales, y no me refiero al ladrillo simplemente, no me refiero a la pintura de las fachadas, que también es necesaria, sino a la nuevas formas necesarias para acercarlas a los ciudadanos.

Silencio sobre el eterno fracaso de una modernización aduanera que nos permita mayor movilización de artistas y obras por el mundo. Al menos por nuestro mundo; eterno tema de discusión de las reuniones de ministros de cultura y que no logramos hacer llegar a ningún puerto.

Silencio sobre la caída de presupuestos en los programas Iber, España esgrimió la crisis (excusa pobre) y el resto de los países ni siquiera eso, sencillamente callaron, y dejaron que esos programas fueran disminuyendo su presencia en la realidad cultural ante el silencio de quienes “gestionamos” los procesos de la cultura.

Podría seguir mencionado casos en los que los gestores culturales no decimos, no escribimos, no exponemos, no existimos.

Nos preocupamos y mucho de los modelos de subvención vigente, de las ayudas, fondos concursables, políticas de mecenazgo, desgravaciones fiscales, etc, etc. Pero no nos preocupamos nada de lo que podemos hacer o decir para mejorar la sociedad en la que estamos y tampoco sobre métodos y formas de hacer cosas juntos. Sobre como pensar y proyectar una mirada cultural por encima de nuestros quehaceres cotidianos. Poner lo importante por encima de lo urgente.

¿Será que los gestores culturales no somos transformadores sociales? ¿Será que somos propiciadores de continuidades y no portadores de ideas y dinámicas nuevas?  ¿Será que la gestión cultural no debe hablar de cooperación, no ya con otros países o regiones, sino con otros sectores sociales? ¿Qué será…?

Sinceramente echo en falta las quijotadas de la gestión de los 70, de los 80, de los 90, tanto en América Latina como en Europa, frente a este miedo y este silencio que parece haber inundado el desempeño profesional del siglo XXI,  posiblemente mediado por el temor a perder las prebendas casi caritativas que se le dan al sector.

Siempre tuvimos fuerza social y la seguiremos teniendo, pero debemos hablar más, escribir más, tener más presencia social. Firmar como gestores culturales nuestras opiniones, reivindicaciones, y que por favor no todas sean siempre en torno al dinero que no nos dan, sino ojala en torno a la sociedad en la que creemos y por la que vamos a trabajar … así sea sin un centavo.

La gestión cultural es una profesión que debe comenzar a sentir y hacer sentir que la cultura es una parte muy importante de la trasformación social. Desde el silencio es mucho más difícil que este mensaje penetre en la sociedad.