Terminada la reunión de responsables de cultura de Iberoamérica me aislé un rato con la intención de almorzar a solas y leer esa magnífica obra que Trapiello le dedica al día que murió D. Quijote. Ya saben, desconectar, una buena cazuela de mariscos y un vinito blanco frío en un anónimo restaurante de Cartagena.

En el lugar por el que me decidí entraron dos hombres,  amigos de la casa, a los que ya sabían lo que ponerles de almuerzo. Escuchando los comentarios de su trabajo no resultó difícil averiguar que eran contratistas de obras, y que acababan de ganar una licitación para la torre de alguna iglesia cercana.  Retorné a mi libro y al poco una serie de frases robaron de nuevo mi atención. “Que belleza de diario sobre lo que sucedía en la obra, -comentó el mayor-, estaba todo recogido en aquellas líneas, con una forma de narrar que uno se sentía dichoso de ser el protagonista de la historia. El hombre era un maestro de la escritura y hasta en el diario de una reforma de paredes y ajustes de balcones se notaba la maestría de su quehacer.

Así siguieron comentando hasta que no pude más y tuve que preguntar ¿hablan ustedes del señor García Márquez?… perdonen la intromisión, pero tanto acierto con la pluma en un lugar como Cartagena lo lleva a uno a querer saber si almuerza con los realizadores de las reformas de la casa de D. Gabriel. “No, -contesto el más joven-, hablamos de un profesor español ya mayor, que trabaja en las afueras de Cartagena en una escuela de niños de la calle, una delicia de persona que tiene por costumbre escribir todo lo que sucede y al que todos leemos con entusiasmo, porque además hace alarde de un exquisito sentido del humor. Como no tiene dinero para pagar nos recompensa  o bien con el diario, o con un muchacho de la escuela para que lo cuidemos y lo devolvamos almorzado y lavado, que eso trae recompensa, y así ha ido labrando un espacio en el que ya hay más de doscientos chiquillos.”

Trajeron mi cazuela de mariscos volví a mi mesa, les di las gracias por el cuento y no pude evitar comparar ese estilo con el demostrado por la comitiva española que asistió a la Conferencia Iberoamericana de Cultura. Enfrascados en demandar una bilateral con las autoridades colombianas para volver a poner sobre la mesa el tema del galeón repleto de riquezas que yace bajo las aguas de ese mar en el que los ingleses hundían todo lo que salía para las arcas de un imperio al que querían derrotar a toda costa.

Tan enfrascados que prácticamente no asistieron a nada más de la reunión, y como niños contrariados decidieron que si no se les daban su caramelo ellos tampoco sacaban el suyo, se escondían bajo la mesa y daban pataleta en caso de tener que mirar a alguien, fuera quien fuera. El jefe de la misión, -equivalente a un viceministro de cultura, España destrozó el ministerio y  nadie dio la batalla por recuperarlo, como sí ha sucedido en Brasil-, era el más tranquilo y quizá el más amable. Lo más distante su comitiva compuesta por una mujer que conoce muy bien Colombia, por lo que es más inexplicable su desazón y un funcionario de rango que leía el New York Times mientras el representante de Bolivia hablaba de la importancia de respetar las lenguas originarias; mal encarados protestaban por todo lo que pasaba, dejaban de asistir a los debates sobre procesos que pudieran ayudar a solucionar el conflicto más viejo de la región, y salían y entraban en claros desdenes hacía los participantes y organizadores. Hasta que llegó el punto en que ya no volvieron a entrar, lo que a todas luces es una estafa para los ciudadanos españoles que no pagaron su viaje para lograr una bilateral, sino para que se sumaran a un proyecto de futuro, el de construir más Iberoamérica y dar menos pataletas. Se fueron y no se les vio ni en la clausura, ni en el coctel, ni en nada de nada, hasta la mañana siguiente en que me los tropecé saliendo de la mejor librería de Cartagena, y por supuesto ni me miraron, ni me reconocieron, ni a mí, ni a nadie de la Conferencia, o si lo hicieron nos  ignoraron. 

Que tristeza de comparación, unos peleando por sus barcos hundidos y diciendo que son suyos y que el patrimonio es lo primero y que es lo que se puede o no se puede hacer , escudando su enfado en esa perorata seudocultural y trasnochada, sin escuchar y sin entender y otro salvando el patrimonio de la infancia a través de la escritura, la palabra y la cordialidad.

Era lo que buscaba Colombia, proyectos para volver a construir un tejido maltratado por tantos años de conflicto. El galeón es asunto de los cancilleres como acordaron los jefes de gobierno. Esas son las dos Españas que llegan a América y por desgracia la oficial es la más ruidosa mientras la real es más silenciosa.

Pero esto no puede opacar el éxito indiscutible de la XVIII Conferencia de Ministras y Ministros de cultura de la región, con una metodología nueva que facilitó el encuentro con  unos países entregados a la idea de poner a circular proyectos y experiencia para trabajar de forma conjunta por un espacio cultural real y práctico, en el que se ponga al servicio de la comunidad el saber hacer acumulado a través de las diversas experiencias que se presentaron. Todas fueron tan interesantes que le debemos dedicar una página especial en este blog.

Quiero saludar muy especialmente por mi antigua relación con el organismo a las nuevas autoridades de la Organización de Estados Iberoamericanos, OEI, que dejaron de manifiesto su entusiasmo, su inmensa capacidad de concitar acuerdos en torno a procesos reales de trabajo y su empatía con el sector cultural como motor y dinamizador de las  renovadas maneras de comprender Iberomérica.